El Fin de la Vida
(Miguel de Unamuno)
Fue flor que al árbol arrancó el granizo
y luego en tierra el sol la vio, despojo,
entre el polvo rodar por el rastrojo
del viento al albedrío tornadizo.
Mantillo al fin la oscura flor se hizo
al pie escondido del espinoso tojo,
y en el transcurso de un ocaso rojo
la enterró vil gusano. De su hechizo
quedó libre el perfume, lo que aspira
hasta el cielo inmortal, templo de calma
en que no hay ni granizo ni mentira;
que es el cuerpo algo más que vil enjalma
de la mente; para el canto es lira,
y es el fin de la vida hacerse un alma.
Primera estrofa: Sin expresar aquello que “fue flor”, Unamuno describe cómo la misma fue arrancada por el granizo del árbol y luego, bajo el sol, rueda sobre el suelo. El autor emplea la palabra “rastrojo”, definida por el Diccionario de la Real Academia Española como “residuo de las cañas de la mies que queda en la tierra después de cegar”. Curiosamente, la mies significa, al mismo tiempo, tanto el ”cereal de cuya semilla se hace el pan”, como así también una “muchedumbre de gentes convertidas a la fe cristiana o prontas a convertirse”. Podría sonar un tanto forzado el hecho de tener en cuenta la presencia del tono religioso pero, sin embargo, Unamuno emplea, dentro de la misma estrofa, el adjetivo “tornadizo”: “que cambia o varía con facilidad, especialmente en materia de creencia, partido u opinión”. De modo que podemos apreciar la maestría del autor al insertar la religiosidad del hombre de forma tan oculta y precisa como sólo él podría lograrlo. Es la vida quien fue flor, arrancada del árbol, tal vez aquel mismo árbol paradisíaco que el Señor al hombre otorgó. Es la vida aquella que en la tierra percibe su religiosidad, es una más entre otras millones de vidas ajenas y busca su sentido, movida al albedrío (“voluntad no gobernada por la razón, sino por el apetito”) tornadizo, encontrándose a sí misma a partir de las demás y de su impulso innatamente religioso.
Segunda estrofa: La flor, es decir, la vida (podríamos decir, “la flor de la vida”: un símbolo de forma perfecta, empleado por muchas religiones y creencias del mundo), se convierte en mantillo. Es una flor “oscura”: su paso por la vida le ha quitado la pureza que en el árbol poseía, sus colores ya no son los mismos, el sol ya no la ve, no la iluminan sus rayos; va marchitándose a medida que el tiempo pasa. El mantillo es aquella capa superior del suelo, formada en parte por la descomposición de materias orgánicas (como las flores). La vida, hecha mantillo: hecha una más de entre todas las vidas de esta tierra, se encuentra ahora escondida, al pie de la espinosa planta perenne del tojo. Es enterrada por un gusano, un vil gusano, durante el transcurso de un ocaso rojo. Ese momento del día, esa imagen tan empleada por los románticos, deseosos de retratar el momento culmine: el final de día, representando el final, justamente, de la vida, es el momento en que Unamuno hace enterrar bajo tierra a la flor, así como son nuestros cuerpos enterrados al morir.
Tercera estrofa: Aun muerta y enterrada, la flor expele su perfume, que “de su hechizo quedó libre”, hasta el cielo inmortal, perpetuo, aquel que jamás cambia, aquel que nos muestra un rojo ocaso, sin vivirlo él realmente. El “hechizo” (un acto mágico que pretende producir efectos sobre la realidad mediante procedimientos sobrenaturales) del cuál quedó libre la flor sería aquella ilusión de estar vivo, de creer que el perfume y su vida estarán por siempre juntos. El cielo, aquel “templo de calma” (siendo el templo un edificio sagrado, en este caso, se trata de una edificación celestial perpetuamente calma), carece tanto del granizo que a la flor arrancó del árbol, de su origen vital, como así también de la mentira que a la flor la había hecho creer inmortal. El granizo, representado las dificultades de la vida de un ser de la naturaleza. La mentira, a su vez, demostrando que en el mundo de los hombres, de la civilización humana, existe también aquel granizo que nos evita seguir viviendo.
Cuarta estrofa: Unamuno da una conclusión a su obra en esta última estrofa, llamando al cuerpo “algo más que vil enjalma”. Vil, así como el gusano que a la flor enterró bajo tierra, es la enjalma de la mente. En otras palabras, no es mucho más que una “especie de aparejo de animal de carga, como una silla para montar”, es el cuerpo para la mente. Es también, el cuerpo, como la lira para el canto, es decir, no más que el instrumento propicio para que lo verdadero (el canto) pueda manifestarse. Y, finalmente, el autor concluye afirmando que hacerse un alma es el fin de la vida. Deja Unamuno la conclusión de su soneto a nuestra interpretación, dándonos espacio para reflexionar acerca de si es el final de la vida hacerse un alma, expeler su perfume aun luego de la muerte, o bien es el objeto de la vida hacerse un alma, siendo nuestro paso por la tierra no más que una larga espera.